Existen diversas opciones de desarrollo del sistema de transporte que pueden ser promovidas por las autoridades ya sea explícita o implícitamente, por decisión o por falta de ella. En efecto en general pueden definirse dos opciones tendenciales claras para el desarrollo del sistema de transporte:
· desarrollo basado en la
utilización del automóvil;
· desarrollo basado en la
promoción del uso preferente del transporte público.
LA OPCIÓN DEL INCENTIVO UTILIZACIÓN AUTOMOVIL
El desarrollo basado en el uso del automóvil
consiste en paliar, mediante aumentos en la capacidad vial, la congestión
causada por el creciente flujo de automóviles en las vías, generado a su vez
por el incremento de la tasa de motorización. Esta opción, que privilegia la idea de movilizar vehículos más que
personas, conlleva importantes inversiones en infraestructura,
complementando y promoviendo una política de desarrollo urbano de expansión
territorial de la ciudad en baja densidad. Sin embargo, y como
planteara el Profesor
Phil Goodwin, “el tráfico tiene la
habilidad de sobreponerse a cualquier aumento de capacidad vial”, fenómeno
que, con esta opción de desarrollo, ha
generado la proliferación irracional de carreteras en muchas ciudades del
mundo, llevando a la destrucción de la vida urbana (como en Caracas) y a una
pésima asignación de recursos (como en Los Angeles).
planteara el Profesor
Phil Goodwin, “el tráfico tiene la
habilidad de sobreponerse a cualquier aumento de capacidad vial”, fenómeno
que, con esta opción de desarrollo, ha
generado la proliferación irracional de carreteras en muchas ciudades del
mundo, llevando a la destrucción de la vida urbana (como en Caracas) y a una
pésima asignación de recursos (como en Los Angeles).
Cabe hacer notar que esta opción se ha
desarrollado tradicionalmente con inversión pública (como en los dos casos mencionados), aunque puede
valerse también del mecanismo de concesiones, si es que los peajes que se
cobran se orientan únicamente a recuperar las inversiones y no a racionalizar
la operación. Lo relevante de ambos casos es que se alejan de la posibilidad de
incentivar un uso socialmente racional del automóvil mediante el cobro a los usuarios por las externalidades que genera
dicho modo de transporte. Por otra parte, en este tipo de desarrollo, las
personas (e incluso, a veces, las autoridades) terminan por entender al
transporte público como un mal necesario temporal, del cual los usuarios habrán de escapar tan pronto sus ingresos les permitan
adquirir un automóvil.
LA OPCIÓN DE INCENTIVAR EL TRANSPORTE PUBLICO
El desarrollo basado en un impulso preferente al
transporte público consiste, en cambio, en privilegiar la movilidad de las personas más que
la de los vehículos, orientando las acciones de la autoridad en el sentido de mejorar
sostenidamente los estándares de servicio del transporte público, respondiendo
a las mayores exigencias de usuarios (cuyos ingresos crecen en el tiempo)
mediante diversas acciones: una mejor integración de las redes de transporte
(como la complementación entre el transporte de superficie y el Metro), programando
los servicios, realizando inversiones en infraestructura especializada (vías segregadas,
paraderos, terminales), otorgando créditos para la introducción de mejoras tecnológicas
o, en ocasiones, subsidiando la operación del sistema para mantener tarifas bajas.
Bajo esta opción pueden ser incorporados sistemas de precios destinados a que
los usuarios de los automóviles paguen por las externalidades de congestión y
contaminación que generan, como la tarificación vial (road pricing), aunque
estas medidas han sido difíciles de implementar por razones políticas.
Todo ello, lejos de constituir una situación estable, ha generado, por la propia fuerza del crecimiento de la tasa de motorización en el tiempo, la cristalización paulatina de una opción de desarrollo basada en el uso del automóvil, con todos sus nocivos efectos. Si revisamos los datos reportados por las encuestas de origen y destino de viajes en Santiago, vemos que mientras en 1977 el 83,4 % de los viajes urbanos motorizados era atendido por el transporte público (incluyendo al Metro), esa cifra cayó a 70 % en 1991, mientras que el automóvil incrementó su participación de 11,6 % (1977) a 20,8 % (1991). Las estimaciones actuales indican que hasta el año 2000 las tendencias se han mantenido; la espiral de deterioro del transporte público está actuando inexorablemente ante la falta de acción.
Estos rápidos crecimientos en la participación del
automóvil en los viajes urbanos, fenómenos anteriormente observados en ciudades
como Sao Paulo o Ciudad de México hasta llegar a niveles de participación del
transporte privado cercanas al 50%, demuestran que la fuerza del automóvil
puede más, y que si no se aplican oportunamente políticas rigurosas y agresivas
para entregar a las personas un mejor transporte público, la pesadilla de la congestión
será cada día una realidad más dramática.
Sergio R. Jara Díaz, Ph.D.
Profesor Titular
Departamento de Ingeniería Civil.
http://www.cec.uchile.cl/~dicidet/sergio.html
Texto completo en: http://www.ingcivil.uchile.cl/~transporte/Congestionmalinnecesario.pdf



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